Discurso de Don Antonio Burgos en el
Día del Santo Angel, Patrón de la Policía Española
02-10-2002 - Jefatura Superior Andalucía Occidental
Aceptando
gustoso una más que generosa invitación del Ilmo. Sr. Jefe Superior,
intervengo en este acto sin más título que el de un andaluz y español más,
que siente protegidos sus derechos y libertades con la labor callada y abnegada
de la Policía Nacional, a la que le daría ahora los mismos títulos que la
ciudad tiene, porque se los ha ganado a lo largo de los años defendiendo su paz
en democracia: "Muy Noble, Muy Leal, Heroica, Invicta... y Constitucional
Policía de Sevilla".
En esta fiesta del Santo Ángel Patrón que vemos cada Martes Santo en la
delantera del paso de la Virgen de la Encarnación, mis palabras han de ser,
pues, una meditación civil sobre los sentimientos ciudadanos hacia la Policía.
Como tantos otros aspectos de nuestras grandezas, los sevillanos no
valoramos nuestra Policía. Hablando del Martes Santo, me dio mucha pena de
Sevilla con cuanto presencié en la carrera oficial la pasada Semana Santa. Iba
con la Hermandad de los Javieres una representación de los bomberos de Nueva
York que actuaron tras la salvajada terrorista contra las Torres Gemelas, y a
los sevillanos, con su novelería, se les rompían las manos aplaudiéndolos.
Poco después, por esa misma carrera oficial, con la cofradía de San Benito,
iba una representación de la Policía Nacional. Unos servidores de la ley y la
libertad que se habían jugado la vida no en el lejano Nueva York, sino en la
mismísima Sevilla, deteniendo a los criminales separatistas vascos que habían
asesinado al doctor Cariñanos y al fiscal Portero. Ni un solo aplauso escuché
para la Policía que desarticuló en Sevilla a la cuadrilla de pistoleros
terroristas, mientras era atronadora la ovación a los bomberos neoyorquinos.
Quiero entender, con el beneficio de la duda a favor de los sevillanos, que la
ciudad tributaba a la Policía el homenaje de un silencio de Maestranza.
Dicen que corren malos tiempos para la lírica, pero mucho peores para la
ética. Estamos en la sociedad de la permisividad, del "todo vale",
del mínimo esfuerzo, del máximo beneficio, en la que lo políticamente
correcto disfraza en muchas ocasiones a lo moralmente reprobable o a lo éticamente
indigno. La sociedad española padece una indigestión de progresismo en la que
han desaparecido las fronteras éticas y morales entre el bien y el mal, y el
disfrute o el dinero han pasado a ser medida de todas las cosas. Esta crisis de
valores ha resquebrajado el principio de autoridad. Se cree que el ejercicio de
la autoridad, aun la emanada de la misma soberanía popular, es reaccionario. Y,
así, el alumno no acepta la autoridad del profesor ni el hijo la autoridad
paterna.
Los policías son, pues, agentes de un principio en crisis: agentes de la
autoridad. Si no se reconoce la autoridad del padre ni la del maestro, ¿cómo
ha de reconocerse la autoridad de la Policía? A la Policía, cuerpo y brazo de
la ley, aduana en la difícil frontera del bien y del mal, delegación de la
autoridad que es voz del cielo porque es voz del pueblo, que dice el mirabrás,
se la relaciona con algo etéreo y lejano, que es como más llevadero:
"Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado". El Estado es como ese
Primo de Zumosol al que todos recurren, pero que no reconocen en su cuerpo de
leyes que a todos afectan. Sin cuyo cumplimiento no puede existir una
legitimidad clara en el ejercicio del poder. No hay Policía respetada sin ley
respetada. "La salud del pueblo es la Ley", dice Cicerón, y por los síntomas
la nuestra es una sociedad enfermiza.
Esta Policía constitucional, que lleva a la práctica con su trabajo anónimo
lo que juran o prometen los cargos públicos, "cumplir y hacer cumplir la
ley"; que ejerce el principio de autoridad a veces ante una opinión pública
adversa cuando no beligerante, es la gran desconocida de nuestra democracia.'De
todo el sistema de normas éticas que han desaparecido y que es una de las
causas de la inseguridad, suele culparse no a la sociedad, sino a la Policía.
Es como si culpáramos a los bomberos de los fuegos o a los meteorólogos de las
inundaciones. Por no hablar del policía que como testigo acude ante estrados
con mayor zozobra que el delincuente al que detuvo cometiendo un delito, como si
la ley protegiera más al que la quebranta que al que vela por su cumplimiento.
En este tiempo revuelto y desnortado de principios, como decía el genial
Antonio Mingóte, hay veces en que ya ni sabemos cuáles son los nuestros...
Y por si fuera poco, encima, "Policía Nacional",
cuando la idea de Nación ha sido usurpada por los que quieren destruirla, por
los que llaman Estado Español a lo que democráticamente llamamos en libertad
"España".
Por las tristes circunstancias que atraviesan la paz y la libertad en
nuestra nación española por culpa de los asesinos separatistas que quieren
destruir nuestra democracia, conozco bien de cerca la labor de iba a decir de la
Policía, pero prefiero humanizarlo y personalizarlo y hablar de los policías.
Estos anónimos servidores de la Constitución y garantes de nuestro sistema de
libertades, que con sueldo corto y jornadas agotadoras, en los ambientes
hostiles de los guetos urbanos; en las grandes ocasiones en que se juega el
prestigio internacional del Reino de España; en horas de incertidumbre y TEDAX
ante amenazas asesinas; en delicados asuntos de inmigración y extranjería
utilizados a veces como granos de arena en los engranajes del sistema; en la
lucha contra las multinacionales del crimen que hemos importado con un mal
entendido sentido de la tolerancia y la hospitalidad; en la investigación de la
muerte de honestos profesores en la calle Real de la degradación social o de
pacíficos joyeros en las siete revueltas de la droga; en la alegría de los
partidos de fútbol de máximo riesgo; en las bullas cofradieras de máximo
gozo; en la patrulla contra el chorizo nuestro de cada día; en la penosa
guardia de la comisaría, dando la cara del Estado ante los administrados; en la
moto que pasa por el barrio y da tranquilidad a vecinos y comerciantes; en la
vigilancia desde un helicóptero en el que se hace el máximo servicio de
entregar la vida por unos ideales profesionales... En las pequeñas y en las
grandes cosas, estos anónimos servidores públicos permiten que sea tan normal
como el aire que respiramos la seguridad basada en el orden y en la autoridad de
la ley.
Señores policías: en nombre de la misma sociedad civil de la que
ustedes son tuétano constitucional, mi felicitación en la fiesta del Santo
Patrón. Y admitan, a modo de homenaje, unas palabras de Cervantes que me evocan
su trabajo abnegado, callado, discreto, de cada hora. Las que Don Quijote dijo a
su escudero: "La libertad, querido Sancho, es uno de los más preciosos
dones que a los hombres dieron los cielos. Con ella no pueden igualarse los
tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad se puede y
debe aventurar la vida." Ustedes, señores policías, por la libertad,
porque pueden y porque deben, aventuran su vida para dar la seguridad de la ley
a las nuestras.
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Antonio Burgos Periodista y escritor |
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Texto autorizado expresamente por cortesía del autor para su publicación en estas páginas. Gracias Don Antonio. |