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PISTAS PARA UN NICK: CARTUJO |
La Cartuja de Santa María de las Cuevas es un insólito espacio que revienta la atmósfera de Sevilla de un solo puñetazo. Situada al otro lado del río Guadalquivir, frente a la muy noble y antigua ciudad de origen romano y árabe, esta porción de tierra, alberga uno de los claustros más inteligentemente intervenidos de contemporaneidad, de una austeridad estética poco reconocible en el resto de Andalucía y acaso se halle más cercana a nociones ascetas y minimalistas del extremo oriente.
Gracias a las riquezas de los barros y arcillas de esa porción de tierra, que se conoce como Isla de la Cartuja, se instalaron hornos alfareros almohades, y en uno de ellos en 1.248 apareció la imagen de una Virgen. Gonzalo de Mena, Arzobispo de Sevilla, fundó después el Monasterio de la Cartuja, patrimonio histórico de la ciudad, del siglo XV. Fue en esta Cartuja donde se depositaron los restos de Cristóbal Colón durante treinta años, dado que el almirante era asiduo visitante del Monasterio, en cuya hospedería preparó su segundo viaje. También fue retiro espiritual de Felipe II y la frecuentaron personajes como Arias Montano, Teresa de Jesús y todos los reyes españoles de paso por Sevilla.
Penetrar en las instalaciones del Monasterio de la Cartuja, convertido en cuartel durante la ocupación napoleónica de 1810 y más tarde, por aquél Marqués de Pikman, en fábrica de cerámica, loza y porcelana china, en la que se ha elaborado hasta tiempos muy recientes la conocida cerámica de La Cartuja, aporta una experiencia de choque si se han recorrido ya esas sensoriales callejuelas, edificios y monumentos que configuran ese decorado, de escenario vivo y real, que es Sevilla. Tras cruzar la fachada de la iglesia del monasterio, de sinuosidad religiosa, un golpe de silencio abduce al peregrino. Una fortísima sensación de vacío. Paredes lisas, sin imágenes. Al fondo, como gemido de ese extraño silencio ajeno a una ciudad tan sonora y vitalista, una voz femenina se percibe sin procedencia precisa, lejana, vaga, dejando escapar lineales cantos gregorianos.
Arquitectónicamente la
Cartuja está formada por una serie de piezas bien definidas, el conjunto
"de Afuera" dedicado a las relaciones con el exterior y compuesto por
capilla, comedor, cocina, cuadras y hospedería. A continuación, el patio
"del Ave María" diferencia la zona publica y la clausura. En el mismo
eje se encuentra la iglesia y el atrio con la celda prioral y la hospedería.
Rodea la iglesia el gran claustro de monjes con todas las celdas, que eran de
dos plantas y jardín trasero. Más hacia el sur se situaba el claustro de legos
con los almacenes y talleres. En torno a todo el conjunto, existen huertas y
jardines con algunas capillas, norias y albercas.
Todo el cuerpo del monasterio, aún su aspecto mudéjar,
es una oda a la mesura y al recogimiento. Dentro del mismo y a un lado de esos inesperados, monolíticos
y altos hornos fabriles de cerámica, funciona el Centro Andaluz de Arte
Contemporáneo, con toda la carga deshabitada, muda e incógnita que el arte de
estos días traduce. Alberga además al Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico.
El centro está bordeado por un pasillo de reiterativas
columnas rectas, sólo desahogado en ese estanque que conserva bajo sus aguas
pequeños restos y ruinas itálicas. En estos espacios se tiene la sensación de
caminar por un segmento lunar sorpresivamente incendiado, herido de sol.
Demasiado mutismo, implacable mutismo en cromatismos diversos que recrean una
fuerte y útil soledad donde sincerar nuestros temores silentes.
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Otra de las aportaciones de la Orden de San Bruno a Andalucía, a España y a la Humanidad, fue la de los caballos Cartujanos, al criar y conservar esta bellísima raza caballar. La antigüedad de esta raza de equinos se remonta al siglo XV que se criaban en el triángulo formado por Sierra Morena, vega del Guadalquivir y Campiña Jerezana conocidas como "las envidiadas comarcas", a cargo especialmente de la Orden Cartuja, cuyas yeguadas en el siglo XVII alcanzaron las 300 cabezas. Hay constancia, por ejemplo, de que los monjes obsequiaron al rey Felipe V con magníficos ejemplares de su yeguada. En el ultimo tercio del siglo XVIII Pedro Picado, ganadero de Jerez, al no poder pagar su censo a los monjes, decidió cederles su yeguada, descendiente de un famoso potro semental, de extraordinaria belleza y armonía, llamado "Esclavo", al Monasterio de la Cartuja, que mejoró y refrescó la sangre de la yeguada monacal.
Estos caballos se distinguen por su bellísima morfología y la extraña particularidad que señala su origen es la de haberles salido a algunos ejemplares, de vez en cuando, una especie de rudimentarios cuernos, que según acreditados naturalistas que han observado y estudiado el fenómeno, afirman que acontecen en las llamadas razas privilegiadas. Los caballos de esta raza son muy dóciles, inteligentes y afectivos con el hombre, y desde el punto de vista morfológico se presentan bien estructurados y con formas armoniosas. La capa dominante es tordo, por la influencia de dos sementales de este color de la primera mitad de este siglo. Raza:
Cartujano El originario caballo "Esclavo" tenia varias verrugas debajo del maslo de la cola, y se han generalizado tanto en su descendencia, que tan solo con la existencia en un ejemplar, queda autorizada la raza. En el caballo Cartujano
es muy evidente su derivación oriental, ya que los frailes recurrieron
sistemáticamente a sementales Árabes y Berebéres, para salvaguardar la
homogeneidad de su patrimonio equino. De este modo rechazaron todo tipo de
imposición o directriz por parte de los reyes, oponiéndose siempre a admitir
sangre diferente. Actualmente se le cría en caballerizas de la Remonta del Estado en Córdoba,
Jerez de la Frontera y Badajoz. Por último, se sabe que la procedencia de los toros de lidia de encaste frailero o cartujano es ni más ni menos que el de los antiguos monjes dominicos y cartujos, que criaban en sus predios, anejos a los monasterios, para su propio sostenimiento y para solaz y divertimento de sus protectores, los nobles, que gustaban de alancearlos a caballo - también cartujano - criado por los mismos religiosos.
Se tienen noticias de que en la segunda mitad del siglo XVIII, o tal vez antes, unos monjes dominicos de San Jacinto, de Sevilla, eran criadores de estos toros. Esa misma procedencia, es la que tiene la famosa ganadería "Partido de Resina" (antes de Pablo Romero), cuyos ejemplares pastan y se crían, desde hace más de cien años, en el término municipal del pueblo del webmaster de esta página (Villamarique de la Condesa - Sevilla-). |